Proteger nuestra energía no necesariamente significa usar amuletos, hacer rituales o sacar de nuestra vida a todo aquel que nos incomoda. También puede ser algo mucho más cotidiano: aprender a reconocer qué personas, situaciones y hábitos nos dejan agotadas y decidir conscientemente dónde queremos poner nuestro tiempo, nuestra atención y nuestra disponibilidad.
“Necesito proteger mi energía”.
Es una frase que escuchamos cada vez más. A veces aparece asociada a personas que sentimos que nos cargan de negatividad, ambientes densos o incluso a prácticas espirituales de protección.
Para quienes creen en la dimensión energética de los vínculos, los rituales, amuletos o determinadas prácticas pueden tener un profundo valor personal y simbólico.
Pero hay otra forma de pensar nuestra energía que resulta mucho más concreta.
Porque todos los días disponemos de una cantidad limitada de atención, tiempo, capacidad emocional y mental. Y aunque no podamos medirla como medimos las horas de un reloj, sabemos perfectamente cuándo sentimos que se agotó.
Hay conversaciones que nos dejan livianas.
Y otras después de las cuales necesitamos recuperarnos.
No todo lo que nos drena es una “persona negativa”
Esta distinción es importante.
A veces ponemos rápidamente la etiqueta de “persona tóxica” o “mala energía” sobre alguien que simplemente está atravesando un momento difícil, piensa distinto a nosotras o nos plantea algo que no queremos escuchar.
Proteger nuestra energía no debería convertirse en una excusa para rodearnos únicamente de personas que siempre estén felices o que estén de acuerdo con todo lo que hacemos.
La vida real incluye conflictos, enfermedades, problemas, tristeza y personas que alguna vez necesitarán apoyarse más en nosotras.
La pregunta no es solamente “¿esta persona tiene buena o mala energía?”.
Puede ser mucho más útil preguntarnos:
¿Cómo funciona este vínculo y cómo me siento habitualmente dentro de él?
Porque una conversación difícil no define una relación. Un patrón repetido, quizás sí.
A veces lo que nos agota es estar permanentemente disponibles
WhatsApp. Mensajes privados. Grupos. Correos. Redes sociales. Trabajo. Familia. Clientes.
Podemos pasar prácticamente todo el día siendo accesibles para alguien.
Y esa disponibilidad permanente tiene un costo.
Cada notificación reclama una pequeña porción de nuestra atención. Cada problema ajeno que asumimos como propio ocupa espacio mental. Cada “sí” que damos cuando queríamos decir “no” compromete tiempo que después tendremos que sacar de algún otro lugar.
Proteger nuestra energía puede ser algo tan sencillo como silenciar un grupo, no responder inmediatamente, establecer horarios de trabajo o aceptar que no tenemos que estar disponibles para todo el mundo durante todo el día.
No todo mensaje es urgente.
Y no toda urgencia ajena tiene que convertirse automáticamente en nuestra urgencia.
Los límites también son una forma de protección
A veces imaginamos un límite como una gran confrontación.
Pero muchos límites son silenciosos y cotidianos.
No atender una llamada mientras descansamos.
No aceptar otro compromiso cuando nuestra agenda está llena.
No participar de una conversación que siempre termina lastimándonos.
No explicar veinte veces una decisión personal.
No permitir determinadas formas de trato.
No asumir responsabilidades que corresponden a otros.
Un límite no necesariamente dice: “No quiero que estés en mi vida”.
Muchas veces simplemente dice:
“Quiero decidir de qué manera puedo estar.”
También podemos drenarnos nosotras mismas
Este quizá sea el punto menos evidente.
No siempre es otra persona la que consume nuestra energía.
Podemos agotarnos comparándonos permanentemente, revisando redes sociales durante horas, anticipando problemas que todavía no ocurrieron, intentando controlar aquello que no depende de nosotras o exigiéndonos productividad incluso cuando necesitamos descansar.
También podemos mantener conversaciones imaginarias durante horas: aquello que tendríamos que haber dicho, lo que alguien podría responder, lo que haremos si sucede determinada cosa.
El cuerpo está en un lugar.
La cabeza, en veinte.
Proteger nuestra energía también significa observar dónde estamos poniendo nuestra atención cuando nadie nos la está pidiendo.
No todo merece una respuesta
Hay discusiones que vale la pena tener.
Y otras que solamente nos invitan a entrar en una dinámica que conocemos demasiado bien.
No tenemos que convencer a todo el mundo.
No necesitamos corregir cada opinión equivocada sobre nosotras.
No es obligatorio responder cada comentario en redes sociales.
Ni explicar nuestras decisiones a personas que no participan de ellas.
Elegir nuestras conversaciones también es una manera de elegir dónde ponemos nuestra energía.
A veces retirarnos no significa perder una discusión.
Significa decidir que esa discusión ya no merece nuestro tiempo.
¿Qué cosas te devuelven energía?
Proteger no consiste solamente en evitar.
También significa alimentar aquello que nos hace bien.
Hay personas después de las cuales sentimos más entusiasmo. Lugares que nos calman. Actividades que nos devuelven claridad. Una caminata, una conversación con una amiga, cocinar, leer, bailar, estar en silencio, escuchar música, pasar tiempo en la naturaleza o simplemente cerrar una puerta y quedarnos un rato solas.
Cada persona tendrá su propia lista.
Y conocerla es tan importante como identificar aquello que nos agota.
Un pequeño mapa de nuestra energía
Podemos hacer un ejercicio sencillo.
Tomá una hoja y dividila en dos.
De un lado escribí:
ME EXPANDE
Del otro:
ME DRENA
Pensá en personas, actividades, obligaciones, hábitos, espacios e incluso pensamientos recurrentes.
Después elegí solamente una cosa de cada columna.
Preguntate:
¿Cómo puedo darle un poco más de espacio esta semana a aquello que me hace bien?
Y:
¿Qué límite pequeño puedo ponerle a aquello que me está agotando?
No hace falta cambiar toda nuestra vida.
A veces recuperar energía empieza con una decisión muy pequeña.
Cuidar nuestra energía también es elegir nuestra vida
Podemos llevar una piedra, encender una vela, meditar, rezar, hacer un ritual o utilizar un amuleto si esas prácticas tienen significado para nosotras.
Pero proteger nuestra energía también sucede en lugares mucho menos visibles.
En el “hoy no puedo”.
En el teléfono que decidimos silenciar.
En la conversación de la que preferimos retirarnos.
En la hora que reservamos para hacer algo que disfrutamos.
En dejar de intentar resolver problemas que no nos pertenecen.
En elegir con quién queremos compartir nuestro tiempo.
Quizás proteger nuestra energía no sea construir una barrera contra el mundo.
Sea aprender a reconocer que nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra presencia tienen valor.
Y empezar a decidir un poco más conscientemente dónde queremos ponerlos.
Proteger nuestra energía no necesariamente significa usar amuletos, hacer rituales o sacar de nuestra vida a todo aquel que nos incomoda. También puede ser algo mucho más cotidiano: aprender a reconocer qué personas, situaciones y hábitos nos dejan agotadas y decidir conscientemente dónde queremos poner nuestro tiempo, nuestra atención y nuestra disponibilidad.
“Necesito proteger mi energía”.
Es una frase que escuchamos cada vez más. A veces aparece asociada a personas que sentimos que nos cargan de negatividad, ambientes densos o incluso a prácticas espirituales de protección.
Para quienes creen en la dimensión energética de los vínculos, los rituales, amuletos o determinadas prácticas pueden tener un profundo valor personal y simbólico.
Pero hay otra forma de pensar nuestra energía que resulta mucho más concreta.
Porque todos los días disponemos de una cantidad limitada de atención, tiempo, capacidad emocional y mental. Y aunque no podamos medirla como medimos las horas de un reloj, sabemos perfectamente cuándo sentimos que se agotó.
Hay conversaciones que nos dejan livianas.
Y otras después de las cuales necesitamos recuperarnos.
No todo lo que nos drena es una “persona negativa”
Esta distinción es importante.
A veces ponemos rápidamente la etiqueta de “persona tóxica” o “mala energía” sobre alguien que simplemente está atravesando un momento difícil, piensa distinto a nosotras o nos plantea algo que no queremos escuchar.
Proteger nuestra energía no debería convertirse en una excusa para rodearnos únicamente de personas que siempre estén felices o que estén de acuerdo con todo lo que hacemos.
La vida real incluye conflictos, enfermedades, problemas, tristeza y personas que alguna vez necesitarán apoyarse más en nosotras.
La pregunta no es solamente “¿esta persona tiene buena o mala energía?”.
Puede ser mucho más útil preguntarnos:
¿Cómo funciona este vínculo y cómo me siento habitualmente dentro de él?
Porque una conversación difícil no define una relación. Un patrón repetido, quizás sí.
A veces lo que nos agota es estar permanentemente disponibles
WhatsApp. Mensajes privados. Grupos. Correos. Redes sociales. Trabajo. Familia. Clientes.
Podemos pasar prácticamente todo el día siendo accesibles para alguien.
Y esa disponibilidad permanente tiene un costo.
Cada notificación reclama una pequeña porción de nuestra atención. Cada problema ajeno que asumimos como propio ocupa espacio mental. Cada “sí” que damos cuando queríamos decir “no” compromete tiempo que después tendremos que sacar de algún otro lugar.
Proteger nuestra energía puede ser algo tan sencillo como silenciar un grupo, no responder inmediatamente, establecer horarios de trabajo o aceptar que no tenemos que estar disponibles para todo el mundo durante todo el día.
No todo mensaje es urgente.
Y no toda urgencia ajena tiene que convertirse automáticamente en nuestra urgencia.
Los límites también son una forma de protección
A veces imaginamos un límite como una gran confrontación.
Pero muchos límites son silenciosos y cotidianos.
No atender una llamada mientras descansamos.
No aceptar otro compromiso cuando nuestra agenda está llena.
No participar de una conversación que siempre termina lastimándonos.
No explicar veinte veces una decisión personal.
No permitir determinadas formas de trato.
No asumir responsabilidades que corresponden a otros.
Un límite no necesariamente dice: “No quiero que estés en mi vida”.
Muchas veces simplemente dice:
“Quiero decidir de qué manera puedo estar.”
También podemos drenarnos nosotras mismas
Este quizá sea el punto menos evidente.
No siempre es otra persona la que consume nuestra energía.
Podemos agotarnos comparándonos permanentemente, revisando redes sociales durante horas, anticipando problemas que todavía no ocurrieron, intentando controlar aquello que no depende de nosotras o exigiéndonos productividad incluso cuando necesitamos descansar.
También podemos mantener conversaciones imaginarias durante horas: aquello que tendríamos que haber dicho, lo que alguien podría responder, lo que haremos si sucede determinada cosa.
El cuerpo está en un lugar.
La cabeza, en veinte.
Proteger nuestra energía también significa observar dónde estamos poniendo nuestra atención cuando nadie nos la está pidiendo.
No todo merece una respuesta
Hay discusiones que vale la pena tener.
Y otras que solamente nos invitan a entrar en una dinámica que conocemos demasiado bien.
No tenemos que convencer a todo el mundo.
No necesitamos corregir cada opinión equivocada sobre nosotras.
No es obligatorio responder cada comentario en redes sociales.
Ni explicar nuestras decisiones a personas que no participan de ellas.
Elegir nuestras conversaciones también es una manera de elegir dónde ponemos nuestra energía.
A veces retirarnos no significa perder una discusión.
Significa decidir que esa discusión ya no merece nuestro tiempo.
¿Qué cosas te devuelven energía?
Proteger no consiste solamente en evitar.
También significa alimentar aquello que nos hace bien.
Hay personas después de las cuales sentimos más entusiasmo. Lugares que nos calman. Actividades que nos devuelven claridad. Una caminata, una conversación con una amiga, cocinar, leer, bailar, estar en silencio, escuchar música, pasar tiempo en la naturaleza o simplemente cerrar una puerta y quedarnos un rato solas.
Cada persona tendrá su propia lista.
Y conocerla es tan importante como identificar aquello que nos agota.
Un pequeño mapa de nuestra energía
Podemos hacer un ejercicio sencillo.
Tomá una hoja y dividila en dos.
De un lado escribí:
ME EXPANDE
Del otro:
ME DRENA
Pensá en personas, actividades, obligaciones, hábitos, espacios e incluso pensamientos recurrentes.
Después elegí solamente una cosa de cada columna.
Preguntate:
¿Cómo puedo darle un poco más de espacio esta semana a aquello que me hace bien?
Y:
¿Qué límite pequeño puedo ponerle a aquello que me está agotando?
No hace falta cambiar toda nuestra vida.
A veces recuperar energía empieza con una decisión muy pequeña.
Cuidar nuestra energía también es elegir nuestra vida
Podemos llevar una piedra, encender una vela, meditar, rezar, hacer un ritual o utilizar un amuleto si esas prácticas tienen significado para nosotras.
Pero proteger nuestra energía también sucede en lugares mucho menos visibles.
En el “hoy no puedo”.
En el teléfono que decidimos silenciar.
En la conversación de la que preferimos retirarnos.
En la hora que reservamos para hacer algo que disfrutamos.
En dejar de intentar resolver problemas que no nos pertenecen.
En elegir con quién queremos compartir nuestro tiempo.
Quizás proteger nuestra energía no sea construir una barrera contra el mundo.
Sea aprender a reconocer que nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra presencia tienen valor.
Y empezar a decidir un poco más conscientemente dónde queremos ponerlos.